Blogia

De Quimeras y Ensoñaciones

Buscaré un lugar para tí

Buscaré un lugar para tí

Sabes, me han dicho que te has ido a un lugar verde, infinito, eterno, un futuro plagado de algodones, que está tan alto que nadie alcanza a tocarlo, un edén, un paraíso, un sitio sin peligros, sin castigos, sin miedos, sin dolores, sin sufrir, sin llorar, una paz blanca, una templanza del alma, allá es donde me han dicho que te has ido.

He recorrido lejanos y extraños pueblos buscándote, pueblos malditos y pueblos encantados, pueblos medievales llenos de palacios, de siervos y señores, de vasallos y guerreros, he recorrido ciudades extravagantes donde me he perdido por sus calles buscándote, ciudades matizadas de rostros desconocidos que no me dicen nada, cienes y cienes de miradas vacías que no me respondían, he recorrido países con fronteras cerradas donde ejecutan a los extranjeros buscándote, países que cierran puertas con candados que he roto a golpe de espada por si allá te encontrara, he recorrido mares en barcos pescantes trabajando de sol a sol buscándote, abordando cual piratas otras naves, preguntando, he trepado cordilleras nevadas tras cordadas de serpas en el himalaya buscándote, buscándote sin encontrarte.

Y al regreso de ese viaje que emprendí para olvidarte, sabes que no te puedo mentir, que no puedo mentirme a mí mismo. Era un viaje para olvidarte. Para alejarme de tu recuerdo, tú bien lo sabes, tras él, te volví a encontrar de nuevo, lo hice paseando tras los jardines de nuestros encuentros, allá donde el agua brota a mares en surtidores de ensueño.

Voy a construir una columnata gigante, rosada, con todos los chorros de agua que vayan saliendo a mi encuentro en mis paseos por la mañana, haré una torre rosa de agua con todos los manantiales que broten de la tierra y que llegará hasta el cielo, dame tu mano ahora, ahora que te encuentro.

Construiré un ascensor con un único botón en su interior, para un solo pasajero, con una leyenda que diga, "destino incierto", que me lleve a tu lado, que me deje ver tus pequeños ojos almendrados ocultos tras las almenas de un castillo mágico y encantado.

Me iré al museo donde los mitos se ocultan y buscaré a Ícaro, le robaré las alas, y en la noche estrellada emprenderé otro viaje hacia donde apunta el lucero del alba, te buscaré entre las estrellas del cielo, se mi guía, sabes, sin ti me perdería, guía mi encuentro en ese orbe repleto de almas, hazte faro en la noche, mi guía, y déjame abrazarte de nuevo.

Voy a meterme en un cuento de princesas, voy a llevarme conmigo tu Pegaso azul, a pedirle un deseo a la primera hada buena que encuentre, que con su varita mágica le dé un soplo de vida, que permita que sus alas batan el aire, que se desprenda del cartón y vuele, que me lleve sobre sus espaldas, acurrucadito entre sus crines, entre sus plumas, en su lomo carnoso y aterciopelado, tan azul como el color del cielo, y me lleve a tu encuentro, él fue tuyo por un momento, te conoce, sabrá encontrarte, subirá por entre nubes de lana blanca, le daré azucarillos, peinaré sus cabellos, me abrazaré con caricias a su cuello, no permitirá que descienda de su lomo hasta hallarte, allá donde se crucen los caminos, allá sabrá tomar el más recto, el más directo hacia ti.

Ahora que estamos juntos, dame tu mano, tiéndete a mi lado, miraremos desde lo alto un planeta azul allá a lo lejos, se está tan bien aquí, soñando, abrazados.

Buscaré un lugar para ti entre mis sueños, entre mis escritos, entre mis recuerdos.

 

Reminiscencias

Reminiscencias

Una tenue brisa, suave y apacible, un hálito blanquecino y gaseoso, cual aliento que sale por la boca al respirar, emanaba de aquel caserío lúgubre. Estaba vivo, a sus ojos estaba vivo, respiraba jadeando melancólico y sombrío, dormitando el sueño de los benditos, de los cansados, de los ancianos que en soledad pasan sus horas solitarias sin esperar ya nada, mas aquella casa no fue capaz de adivinar que tendría visita, no se arregló, no se pintó, no sacó su vajilla de cristal, ni ventiló el salón, ni desenfundó sus sillones y armarios envueltos en sábanas blancas en su tiempo, ni descolgó sus telarañas de antaño, nadie le avisó que por el camino boscoso un carruaje trotaba indolente hasta su morada, no sacó sus mejores vestidos, ni se perfumó, ni desempolvó sus alfombras ni caldeó sus estancias con la leña acumulada en la parte trasera del jardín, ni el fuego ardió en su chimenea, tan sólo dormitaba, sus efluvios emanaban por las rendijas y se perdían en el crepúsculo de la dehesa desierta.

Cerrados tras las contraventanas de madera destartalada, emanaban los suspiros del pasado.

Hasta percibir el olor acre de las destilaciones de su hogar, se había mantenido calmado, su viaje se hacía final, sus bronquiolos se inundaron de aquel calor a recuerdo, y notó que su corazón se volvía inestable, arrítmico, asustado, trotando a golpes de los olores pretéritos, lo intuyó antes que los árboles le dejaran ver el humo vaporoso de la casa, allá estaba su respiración, su aliento, seguía realmente viva, exhalando savia por sus poros, sólo él era capaz de olerla, de notar su esencia, su existencia vital, su energía descargada, apagada, respiró profundamente, y al abrir los ojos, allí estaba. Su hogar. Era más pequeña, inmensamente menor, parecía una casita de muñecas comparada con sus recuerdos, pero el olor era el mismo, más intenso, más húmedo, más viejo, pero seguía siendo el mismo.

Cuando ella sintió cosquillas en la cerradura de la puerta, se despertó de su sueño, emitió un profundo suspiro, luego un grito asustado, sorpresivo, se resistió a ser profanada, las maderas, las piedras, los hierros forjados, todos ellos se resistían, la casa entera intentaba proteger su intimidad, su soledad, pero la fuerza exterior era demasiado intensa y cedió a su empuje, chilló a través de los goznes, de las bisagras, se estremeció entera, temblaron todos sus cimientos, sus raíces se tambalearon, crujieron las maderas nobles, despertó de su sueño de bella durmiente de años desiertos y un mar de aire tosco e invasor penetró en sus entrañas contaminándolo todo de humedad y bosque, de exterior, de camino, y entre ese mar reconoció un olor carnal, antiguo, casi olvidado, y lo dejó entrar.

Un ejército de aromas, un tufo de casa cerrada, de reminiscencias sensoriales le atacó, esgrimió su espada contra su armadura de piel y tela, impregnándolo todo de confusos detalles, una mezcla explosiva recorrió su ser, como un cóctel que se agita en la coctelera en las manos de un camarero de bar, sin precisar, indefinido, heterogéneo. Su hogar le había vuelto a abrir las puertas. Sintió que se escapaban sensaciones por esa puerta, que el exterior lo invadía y el interior se esfumaba por aquella grieta, y no quería dejarlo escapar, no, lo notó, notó como se escapaban recuerdos y girándose sobre sus pies, cerró la puerta, la casa emitió un suspiro de alivio a través de los goznes y por primera vez, sonrió, sonrió al notar de forma precisa el olor del pasado a través de un cuerpo que tiritaba allá dentro, que latía caliente, que intentaba encontrarla de nuevo.

Había venido a su encuentro por última vez.

Se acostumbró a la oscuridad, matizada por sombras blancas llenas de estrellas que flotaban entre rayitos de luz crepuscular que se filtraban por resquicios de la madera y las contraventanas mal encajadas e hinchadas, se acostumbró y se dirigió hacía el rincón que buscaba, el rincón del zaguán de su casa. Allá aspiró los recuerdos, ahora los tenía, la pared expelió el aroma a chicle de menta, la menta lo invadió todo, todo el zaguán se llenó de ese perfume de chicle en la boca, allá lo había tenido guardado muchos años, era tan claro, tan presente, tan de hoy, que los vio a todos, se vio a si mismo correteando, mascando la goma, el olor infantil de las risas persiguiendo al gato alrededor de la mesa y luego notó el olor a tabaco, a tabaco picado, fuerte, asfixiante, peculiar y allá seguía su padre sentado, el olor de la chaqueta de pana humedecida por el ralentí, colgada tras la puerta y café, aroma a café intenso, a humeante y negro café, y a picón, el carbón ardiendo, caliente, en brasas, debajo de la mesa camilla, todo estaba allí de nuevo, las paredes le hablaban con olores, y a lo lejos, un perfume a aceite de oliva mil veces refrito, y la vio a ella portando una cazuela y olió su perfume a hierbabuena, a campo, a tomillo, olía a migas y a cocido, a chorizo y a costillas adobadas y desde el suelo, allá captó el inconfundible tacto de pelo de gato quemado, de rabo de gato dormitando demasiado cerca de las brasas, a chamuscado, y le vio de nuevo hecho una bola debajo de la mesa camilla y a su padre dándole un puntapié, y del techo, del techo le llegaba el olor al deseo, a dormitorio, a pasiones, a sudor de pieles que jugaban a hacer el amor, a quejidos y lamentos, a chirridos de los muelles de una cama que prestaba su lecho a las caricias en las largas noches frías de invierno.

Todo allá estaba igual.

Seguía allí, entre las paredes, los olores habían sustituido a los cuadros en la pared, olía el frío de la piedras del suelo, el musgo del techo, las manchas de humedad, olía respirar a la casa, su aliento a recuerdo, el perfumado olor de las sillas tapizadas de cuero, la tinaja de barro cocido con su tapón de corcho y el cucharón olor a olivas puestas a macerar, a hojas de laurel, a vinagre, pepinillos, pimientos, sal, a ristras de ajo colgados en ganchos del techo, a chorizo ahumado, a queso recién hecho, a heno, a pan y bollos, a hogar, a infancia, a reminiscencias del pasado.

Nunca supo precisar el tiempo que permaneció allí dentro, a oscuras, oliendo recuerdos, soñando encuentros, un tiempo que se hizo presente hasta que el presente tiempo le golpeó en la cara, y la casa lo sabía, no quería expulsarle, pero lo hizo, abrió la puerta, le empujó hacia el exterior con cariño y le dijo adiós para siempre, él también lo sabía, a partir de ese instante ya no volvería a ser la misma.

En la lejanía, una cuadrilla de obreros de la construcción, aparejos en ristre, tomaban el mismo sendero que él ahora reemprendía, en sentido inverso, con alguna lagrimilla en los ojos, pero alegre y contento, lleno de recuerdos.

El cenador

El cenador

La tibia noche envolvía en su manto las miradas de las almas que caminaban descalzas sobre el terciopelo verde del jardín de los ensueños. Brillaba la luna, luna que era una vela encendida en la madrugada. Cantaban los grillos, grillos que eran la música clásica de fondo que adorna una velada romántica.
Una cena en el jardín para dos.
Una cesta de picnic depositada en la hierba.
Sobraban las palabras.
La noche dejaba escuchar como el vino se escanciaba en copas de cristal. Parecieron tañer campanadas de media noche en el silencio al entrechocar dos copas en un brindis a la brisa que ondulaba las hojas de las plantas trepadoras que se acurrucaban entre los pilares del cenador.
Una cena para dos.
Nadaban libélulas en el aire, flotando quedas, eternas dueñas del firmamento, aviones sin piloto que transportaban otros mundos más allá de donde la vista alcanza a soñar.
Ellos jugaban a dibujarse, el uno al otro, dos amantes, tatuajes, usando como pincel sus propios dedos y como lienzo, su propia piel, a través de caricias, imitando a veces, copiando, tal cual si plagiaran los bocetos grabados en las columnas de piedra del cenador. Caricias sobre la piel, pictogramas de civilizaciones arcaicas sobre dinteles de mármol, sobre cuevas de antaño, dedos que dibujan círculos concéntricos sobre un cuerpo ebrio de arrumacos y mimos, de besos y deseos, de suspiros que tan sólo la luna escucha.
La hiedra se ha puesto el pijama, el jazmín les regala su aroma, la hierba es un colchón de plumas donde dulcemente se aman, la noche les ofrece su mano y les envuelve plácidamente en su regazo maternal de unos imperecederos instantes íntimos y entrañables, personales, lindos momentos para el recuerdo.
Corretean hormigas sobre los brazos.
El dulce es más dulce si se toma acompañado.
Intoxicado de placer, los ojos bailan en su cueva blanca, los labios se mueven cual olas intrépidas guerreando contra la arena de la playa, ellos no necesitan nada.
La luna se muestra prisionera entre las columnatas del cenador, atrapada entre rejas de piedra que la encadenan al cielo, les mira, es la cómplice de sus juegos sensuales, la invasora de sus intimidades, la invisible invitada de piedra a un acto de amor, alguien que pasa y calla, celosa guardiana de mil avatares de amantes en noches plagadas de luciérnagas, involuntaria actriz secundaria en una obra cuyo papel es ser fuente de luz reflejada, parece la luna una isla de jalea real en medio de un jardín donde tan sólo una celda formara parte de la colmena.
Una jineta corretea por entre las ramas persiguiendo ardillas despistadas.
Los juegos de amor no descansan, el vino se escancia, bajo el cenador dos amantes se aman apasionadamente en la madrugada.
No hay un mañana.
Una cesta de mimbre a su lado guarda los enigmas de un beso rojo marcado en el cristal de una copa de vino, coloreado con una marca de carmín, grabado a dulzura y cariño, media luna roja capturada y prisionera, ha caído presa en la red del pescador, se deshace, sangra, la luna llora sobre el vidrio, la noche pasa, se tiñe de grana la luna en el cristal, ha dejado de estar enjaulada entre los barrotes de piedra del cenador y va cayendo por el horizonte, llora la luna blanca, la luna roja permanecerá en la copa hasta ser lavada.
Se marchita la luna.
Merodea el día.
Es el día un ladrón de guante blanco que roba sueños.
La hiedra se va despojando del pijama y se pone su vestido verde para darle engalanada la bienvenida a la mañana. La noche ha cerrado los ojos, la galería de columnatas de piedras le da los buenos días a la mañana
Si hay una mañana.
El cenador duerme, ha fabricado un capullo de seda y al salir de él se ha transmutado en “desayunador”, el vino en café , y los besos y caricias en abrazos y despedidas.
Un desayuno en el jardín para dos.

Auténtico

Auténtico

El lienzo blanco de sus cuadros se llenaba de poesía cuando los pigmentos de sus ojos los vestían de colores y una idea perseguida se plasmaba recién nacida sobre el tapiz inmaculado y virginal que le prometía mil y un placeres tras un trabajo de inventor de fantasías plasmadas en retratos, bocetos, bodegones, naturalezas muertas, lienzos, bosquejos y hasta láminas de papel de cuadernos a rayas. Paría ideas que luego pintaba.
El pintor idealista fue ayer, hoy … hoy pinta el desinterés, el anonimato del cansancio hecho tedio tras una puerta llena de muestras del recuerdo de lo que fue, de lo que fue ayer, pinta por olvidar, olvidar la vida, olvida las ideas, traza trazos tras tristes trozos de tapices blancos, dibuja olas que mueren en la playa y no regresan, pinta monos azules que son manos grises y parecen mimos de la calle que nadie sabe que van vacíos y no son más que trazos del olvido, del dejar el tiempo transcurrir, de matar el alma a pinceladas, secas, dormidas, sin tendencias definidas más que al borde del precipicio donde murciélagos vagan entre oquedades horadadas entre los riscos de la montaña.

- ¿ Qué está pintando?
- Lo qué ves.
- Quería decir que ¿cual es su significado? ¿Qué representa ese cuadro?
- Nada.
- ¿Nada?
- No, no es nada.
- Pero … cuando un pintor pinta un cuadro y le pone un título, siempre representa una idea, un algo. Un cuadro siempre dice algo.
- Antes si. Ya no. Cometí un gran error. Soy tonto.
- Tiene cuadros bonitos, ese del caballo alado, aquel mitológico y me gustan sus mujeres, ha pintado muchas mujeres, ¿Por qué antes sus cuadros significaban algo y ahora no?
- Soy un tonto que cometió un error.

Ahora pinta sobre cuerdas de esparto trenzadas como cordeles tal como si formaran las redes de un barco superpuestas al lienzo blanco creando un marco que le da sensación de relieve y profundidad, engañoso, es cierto, pues adolece de una idea sobre la que pintar, vacío, bobo y necio, inanimado, una bagatela nimia y pueril, en fin, se podría definir sin más, como una simple birria de cuadro.
Usa de paleta de colores el reverso cóncavo de una cuchara donde va mezclando sus blancos, rojos, verdes y azules, sus colores y da pinceladas al buen tino ó al tun tun, mientras escucha al turista ocioso que entró en su estudio de puertas abiertas y le pregunta tímido pero curioso, y el pintor acosado por el impertinente fisgón que le ataca la moral y el silencio de su secreto, no se hace de rogar, deja su aburrido trabajo de hoy y responde:

- No pinté muchas mujeres, tan sólo pinté una, la misma, todas son ella, no te engañe su forma divergente, su color de pelo ó su talle, altura, vestiduras ó pose genuino, siempre es la misma mujer. Quizá aquí la creas ver elegante, señorial, altiva, pelirroja, sensual, y en este otro cuadro esté marginal, pusilánime, triste, delgada y ojerosa, y allá es joven, casi niña, rodeada de una numerosa familia, y mira, aquí es un ángel a los pies de la virgen María, y aquí es… y aquí …y en este otro …, así pues, no creas lo que veas, guíate de mis palabras y tus sentidos, cierra los ojos y la verás, es la misma, la misma mujer, esa que ya no sé pintar, que pintó en tantas ocasiones ese idealista del ayer, aquel que ya no siente y que tan sólo pinta porque no sabe otra cosa que hacer, para matar las horas, asesinar los días y esperar volverla a ver, ¿pinto?, ya lo dudo, entretengo los minutos.
- ¿Quién es ella?
- Juego a verla, cuando duermo la veo en sueños, pero cuando despierto no la recuerdo, siempre pierdo, la sueño todos los días en la noche cuando el insomnio me da tregua, más se va al despertar, no la tengo, soy tonto, no la retengo nunca, no sé si es esta de este cuadro ó la de aquel ó la este otro, ó el ángel, ó la anciana de la mecedora, ¡ No lo sé ¡ . Es del pasado, pero no sé quien es. Quiero volverla a ver, sé que está ahí, la veo en sueños, lo sé, no es un fantasma ni un espíritu, es ella, pero cuando yo estoy ella se va, y quisiera pintarla de nuevo, recuperar mi ilusión de pintor.

La cordura se viste de los pies a la cabeza sobre los justos, pero el frío da alas a la locura y se cuela por las rendijas que abren las vías al desatino, jugar con el pasado, dar alas a los sentidos perdidos que confunden realidades, disparar salvas al aire, bucear en los recuerdos de un amor de tragedia, hay amores que dejan huella. Cuando el trauma se instala en el inconsciente no hay psiquiatra que lo desenraize a golpe de pastillas de colores y se hace presente atormentado hasta hacer enloquecer a su víctima inocente, de amor, ay. La patología enfermiza, el trauma inconsciente se rebela, te avasalla, enajena el propio alma y embriagado de presencias trastocadas vagabundeas por mundos variopintos e irreales.

- ¿Cómo sabe que la ve en sueños si no la recuerda?
- Yo la veo, pero se va, cuando estoy con ella me sonríe y me acaricia pero no posa para mi, a veces, me gustaría que fuese como la de ese cuadro, está hermosa, ¿no crees?, no es el único desnudo que la pinté, tengo varios más en el estudio, ¿me tachas de loco?, ¿verdad?, da igual, no te de reparo alguno, todos lo hacen, ¿no quieres comprarme un cuadro? , están todos en venta, todos, todos menos los de ella.
- Me gusta ese.
- No es mi mejor desnudo de ella, pero no está en venta, no está en venta a menos que …
- ¿A menos que …?
- Pudieras pintármela.
- ¿Cómo?
- ¿Tú sabes pintar?
- No. Siempre fue muy malo, en el instituto nunca nadie era capaz de descubrir lo que había visto por el microscopio y luego reflejado en el papel, un desastre.
- No importa, no importa, te venderé este cuadro … ¡ hum ¡, te lo regalo, pero sólo a cambio de ella, esto sólo es un retrato y yo quiero verla otra vez.
- Y … ¿Qué tendría que hacer? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo la puedo encontrar?
- Te dije que la veo en mis sueños y cuando despierto ya no está, es tan fácil como que tú te encuentres con ella en mis sueños, le hagas una fotografía y me la entregues, de este modo yo sabré quien es ella.
- Me parece a mi que ….

Los límites de la realidad se dibujan con pinceles, con cámaras de fotos ó con el trasnochador que ve pasar a un sonámbulo camino del cuarto de baño, seguir jugando a juegos de simpáticos lunáticos es ponerse a su altura ó ¿tal vez no?, es indagar sobre el misterio, lo enigmático del más allá, ponerse en el lugar de ese desquiciado que busca sus sueños sin hacer daño a nadie, jugando con los recuerdos de un amor lejano, pasado, soñado, inventado, irreal, inexistente ó ¿tal vez no?. Los retos de búsqueda del amor de un loco pintor no son vanos, ¿Qué hay de malo en hacer feliz a un pobre desgraciado?, ¿Qué hay de malo en mentir?, aceptar el desafío, decir si, dibujar un sueño, mostrar un rostro de mujer y quien sabe si poderle regresar a ese pintor del ayer que pintaba ideales.

- Qué tengo que hacer.
- Es muy sencillo, yo te tendría que hipnotizar, yo sé hacer esas cosas, es fácil, requiere una preparación, una relajación, unos ejercicios previos que un niño los haría, una vez hipnotizado permanecerás en ese trance hasta llegar la noche, cuando yo duerma, tú permanecerás despierto, pero bajo mi hipnosis, entrarás en mi sueño y la conocerás, te fijarás en ella, en su rostro, su cuerpo, sus manos, su cabello, sus ropas, sus ojos, el color de su piel, y cuando yo despierte y ella ya se haya ido de mi sueño, te regresaré de tu hipnosis y me dirás como es ella, y quien de estos retratos del ayer que pinté es esa mujer que vive en mis sueños.
- No creo en estas cosas, pero bueno … No importa … te ayudaré. Adelante, sin miedo. Empecemos cuando quieras.
- Veo que eres valiente y más tonto que yo cuando crees en mis fábulas de viejo
- Es … ¡ Por el cuadro ¡ Has prometido regalármelo.

Esto no es una mentira. Hacer que la gente se sienta bien no es mentir, no es por el cuadro, no, es hacer sentirse bien a un loco que se cree que sueña con quien nunca recuerda. No importa. Recordará. Dejará de soñar y pintará.

Todos los días a la misma hora, alguien entra en el estudio de un viejo pintor que mezcla colores en el anverso de una cuchara, el pintor pinta un cuadro y un narrador, con palabras, va contando la imagen que vio en el sueño del viejo, pues ciertamente la vio, van pintando a medias un retrato, no se parece a ninguno de los múltiples cuadros de mujeres que adornan la estancia, hay semanas que la mujer que les mira de frente es triste e incluso llora, otras es dicharachera y pendenciosa y a veces el pintor pinta su desnudez en soledad sobre el lienzo escuchando palabras de un narrador con voz muy sensual, soledad que en los sueños de la noche recibieron caricias, besos y abrazos y se consagraron a hacer el amor mientras duró el sueño que más tarde se plasmó en un cuadro interminable y cambiante, el mismo cuadro, la misma mujer, el mismo sueño.

Escritor

Escritor

"Es un escritor vulgar, de pobre estilo lingüístico y paupérrimo contenido narrativo, sus ideas adolecen de cualquier atisbo de originalidad, simples, chabacanas, irreales, inclusive decrépitas".

- Mi queridísimo crítico literario, te aprecio, me caes bien, aprecio tu sinceridad y tu desprecio sobre mi vida, no mi obra, óyelo bien, tus cuatro estúpidos adjetivos me han hecho reír, a carcajadas, me he lanzado sobre la cama y he jugado a ser saltimbanqui de circo, eres muy gracioso, amigo mío, el mejor chiste del mundo, jamás había escuchado uno tan desternillantemente bueno, imagínate que he tenido que sacar del cajón un pañuelo nuevo. Amigo mío, te quiero.

Hace una semana ese libro cayó en tus manos, mi editor te lo había mandado para que fueras el primero en opinar sobre él, sabes que él aprecia tus críticas y siempre te hace caso, siempre, míralo, no tienes más que ojear esa carta, en ella me dice que no va a publicarlo, que lo siente mucho, y que puede recomendarme a otros editores.
¡ Se puede ir a la mierda ¡. Él y todos.
Mi queridísimo crítico literario, ellos también te leen. No merece la pena. No.

Y ahora escucha, imbécil recalcitrante, hoy, hace un año que empecé ese libro, he dedicado todo a esas páginas garrapateadas, he vertido mi mundo en ese escrito y tú dices que es irreal y decrépito, es lo único que sé hacer, has hecho trizas mi futuro, y no siento dolor, vacío, nada, pérdida de ilusión y de ambiciones, a pesar de eso, yo también te escucho, mi cínico y sarcástico amigo. Ahora ya sé donde puedo esconderme, allá donde las estrellas no se caigan.

¿ Nunca has tenido la sensación de creerte un Dios y un día descubrir que un hombre te señala y te dice que andas con los pies de barro, moldeados de arcilla ? , maldito amigo, ladrón de historias, hoy he de creerte. Mi vida ha sido mi obra y mi obra es simple y chabacana, soy un fracasado, he conjugado mi frustración y mi mirada ausente creyéndome ciertos halagos metafóricos de idiotas aduladores y ahora me doy cuenta que no sirvo, no soy nadie .
Adios.

Una linda rubia, de curvas que se asoman al precipicio, deposita una rosa sobre una lápida y susurra :
"Papá, te echo mucho de menos, tu editor me confesó que se siente culpable de tu muerte y me pidió perdón".

En el cafetal

En el cafetal

En un cafetin de un pueblo cafetero, un individuo muy cafre tomaba té servido con tetera por una camarera con dos grandes tétricas ojeras afeando su lindo y cejijunto antifaz claroscuro de mirar profundo, orejas algo más tiesas y menos pendejas que las de Dumbo, mujer sin rumbo que acabó en el cafetal después de dar mil tumbos de poblado a pueblucho, de cafetería a caduco cafeto, de bareto en bareto dando conciertos con el bamboleo de su cuerpo cafeinómano de caderas con cadencias de calaveras paseando en primavera por camposantos de sañudos santurrones que amparados en legajos no dictados y apetitos de sapos malcriados alargaban sus pegajosas miradas por donde la lengua no llegaba.
Hay burros que fuman puros, habanos con vitola de primera que sujetan entre labios agrietados y dentera amarillenta en un afán de aparentar una quinta esencia de mal lucida solera, ratas de cafetales que se creen dueños de toda la tierra, adalides de infelices, feligreses de iglesias con deseos de mujeres altaneras y fieras que se defienden y no se dejan, pelean, se enfrentan, se arma gresca, uñas largas que cual garras buscan partes blandas, arañan, y el tiempo deja un parche pirata ocultando cicatrices de batallas.
Hoy es domingo. Hay apetencia, hay cafres buscando montar sobre grupas de yeguas ligeras, zanahorias sobre la boca, besos y manos inquietas que tocan cualquier cosa.
Un sopapo.
Un guantazo.
Un cachete bien dado.
Hay cafres que no toman café, sólo té, te arruinan la mañana, quieren té con cafeína, una aspirina teñida de pastilla efervescente con unas gotas de aguardiente, un beso en la frente, un mordisco en la oreja, un pendiente que se pierde entre los pies de la gente, una bebida caliente que se derrama de forma intencionada sobre un bulto que asoma cerca de una cremallera atorada, gritos en el local de mala muerte, una camarera que a gatas busca un recuerdo perdido entre un suelo sucio, casi podrido, un señor de postín que habiendo dado un beso indecoroso y un mordisco lascivo y ladrón, anda húmedo y mojado, caliente y abrasado, quejándose, doliéndose, palpándose en semejantes partes. Pataletas. Berrinches. Golpes dados con la mano sobre la mesa, puñetazos a diestro y siniestro de un cafre irritado. Patadas bien dadas, mesas que ruedan. Un pendiente que en suelo no se deja privar de su libertad encontrada y su dueña que se afana entre baldosas viejas a barrerlas casi con las orejas, como si ellas fuesen un imán atrayente de perdidos pendientes.
Tocan las campanas de la iglesia.
Hay una rifa benéfica. Una muñeca que siempre toca.
Es desleal liar la madeja por el final, acabar sin empezar, perder la mitad sin haber jugado a nada, beber té en tierra de café, cometer un deslucido desliz mareando la perdiz, tocarle la nariz a un cafre que se cabrea y le nacen sables de la sesera con los que arrea mandobles sobre las mesas, desmadres de manotazos, algún que otro desmayo, brazos fuertes que guerrean.
¡ Que empiece una buena pelea ¡
Es domingo en el cafetal, gentes que van a la iglesia, limpias, perfumadas, aseadas, el calor que pega sus ropas en pegajosa manera, madejas de pieles sudadas que acuden siempre fieles a la llamada de una campana.
Pelea en el santoral, paz en el cafetín.
En el cafetal, en domingo, nunca pasa nada.

Quedan recuerdos

Quedan recuerdos

Entre el ayer y el hoy quedan recuerdos escondidos, quedan retazos de alma poética dormida, quedan los lugares que vimos, queda la luna, queda su reflejo nadando entre las aguas del pantano, queda el brillo de mil espejos haciendo guiños al compás del viento que los mece con su canción hasta dormir las aguas azules, verdes, blancas, negras, cambiantes, de mil matices que viran con la luz, la distancia ó el tiempo, ora brillantes, ora mate, la brisa que al levantarse te acaricia la piel de la cara, las ondas que las traen y las llevan, parece como si mil luciérnagas estuviesen bailando sobre la superficie de las aguas, ó mil duendes escondidos bajo las aguas encendieran linternas y las apagaran en un juego en el cual estuviesen buscando hadas, un salón de espejos de una casa encantada, aguas que se hacen transparentes junto a tus pies donde nadan alevines a resguardo de depredadores que les aguardan unos pasos más adentro, en aguas más profundas y misteriosas, y queda una caña de pescar, el anzuelo, los sedales, el cebo, los enganchones en las algas, el regreso sin una sola carpa pero con el recuerdo de tu presencia, el caminar descalzo sobre las rocas, sobre las aguas, tus consejos de no hacerlo so pesar de acabar con una herida ó un anzuelo clavado ó un resbalón mal dado, tus bocadillos de tortilla, tus risas, la búsqueda de un poco de sombra, de un poco de hierba para depositar tu mantel y las viandas, un día de campo, un paseo, quedan los higos que él recogía de aquella enorme higuera que se balanceaba sobre el abismo, ricos y dulces, que sabían a tan poco, y como la zorra que mira las uvas en lo alto, él lo hacía con los higos, allá arriba, tan altos que tan sólo un puñado eran los dados a dejarse degustar, suficientes, rico manjar, mis moras negras que las endiabladas se defendían como gato panza arriba y las zarzas siempre quedaban enganchadas en mis ropas y se vengaban lacerando mi piel con leves arañazos, soportables, cual un tortazo tras un beso apasionado a la chica equivocada, la botella de vino dejada a enfriar en la corriente del río, presa abajo, el silencio, sabíamos escuchar pájaros, ver trepar dos ardillas negras persiguiéndose por los verticales troncos de los pinos, bandadas de córvidos anidando en las escarpaduras que formaban las paredes del valle y que salían cual enjambre, todos a la de una, en busca de su sustento, las ciruelas que cogías siempre verdes, no era tiempo, las barcas que te gustaba contemplar desde lo alto, verlas pasar a lo lejos, a lo lejos, pues te daban miedo, te daba miedo el agua, y jamás te hubieses atrevido a abordar ninguna, ni lanchas motoras por grandes que fueran, te gustaba contemplar los toros desde la barrera, nunca te hubieses tirado al ruedo, recostada a la sombra de un almendro, llegabas a cualquier parte, no importara las dificultades, no se te anteponía ninguna barrera ni cadena, ni señal de “prohibido el paso, peligro”, decías que esas advertencias eran para los tontos, los viejos y los niños, y queda el camino de ida y el de regreso, el refresco de limón a la mesa del bar de aquel pueblo, las moscas, los mosquitos estaban enamorados de ti, tan sólo te querían a ti, los tenías a todos locos por tus carnes y luchabas hasta llorar de amor por sus picaduras de ternura, enamorados de ti, pero malos bichos. Queda una caña de pescar clavada en la orilla, con un sedal transparente tenso sobre las aguas y una campanilla que alguna vez oíste sonar y era otra vez otra falsa alarma, el pez se volvió a escapar, hizo un intento de picada y se llevó la mitad del cebo.
Quedan los días de campo. Queda el agua, el pantano, el río Tajo, la higuera, las moras, las ardillas, las hormigas, la tortilla de patata, tus risas, los paseos bajo la sombra de los árboles.
Quedan los recuerdos, tan lejanos, a veces tan cercanos e intensos. Me quedas tú.

Trompetas en el parque, ratones en la luna

Trompetas en el parque, ratones en la luna

La música suena entre las estrellas que se besan de forma tan tierna que la luna, solitaria y bella, les envidia, corretean por sus praderas de roca y polvo las miradas furtivas de las notas de trompetas que repiquetean sobre gargantas con gusto a ración de calamar, de jamón, de queso tierno, de terrazas y bares, de fiesta y charanga, de verbena y parranda, toca la banda juvenil, se espantan las urracas, las bravías y torcaces huyen, los gorriones se hacen emigrantes, y la cigüeña que pasa le hace sombra musical a la luna que escucha, suena una trompeta en el parque, una avispa pide socorro junto al charco formado a los pies de la fuente, más nadie escucha otra cosa que los acordes de fiesta, las estrellas han dejado de besarse, la luna de envidiarlas, las lombrices hacen eses y se acercan sorteando la maraña de briznas de hierba, los ratones en la hamaca de la luna, cuelgan sus pies indolentemente, tan sólo escuchan.
Una suena, otra trompeta la acompaña, hay voces que recitan canciones, el tambor tamborilea, hay una flauta que descompasada va tocando un dueto acompasado con el ritmo del ronquido inquieto de un vagabundo ebrio que dormita a lo lejos, suena música, hay una guitarra que se esconde entre los rayos de luna, polvorienta y abandonada, y un ratón que despierta, la contempla, la agarra, se envalentona con la música que le llega, la sujeta por las caderas, le besa las cuerdas, la templa, la luna se tapa los oídos, el ratón se arranca, ruido, el ratón de luna piensa que la guitarra está desafinada, más incluso, no sirve ya para la música, estropeada guitarra de luna, chatarra artística de trajes de lunares, sombreros Andaluces y palmas, manos retorcidas en el aire, ropajes que barren el suelo con su taconeo, y un olé gritado al ruedo donde la magia se hace danza, sigue sonando una trompeta en el parque, hay luciérnagas errantes que iluminan partituras invisibles sobre los árboles, un gato callejero se vuelve tierno, la música le amansa, deja de perseguir perros por los arrabales y ranas en los lodazales, sus ojos son dos dulces de membrillo sobre la tapia de la fábrica que sueñan con jugar al corre corre que te pillo, y de más brillo que los botones de un conserje de un hotel de cinco estrellas en la costa de Marbella.
Uno de los músicos que toca la trompeta, es un músico manco, le faltan todos los dedos de una mano y piensa en el ladrón que le arrebató su guitarra y la escondió entre los objetos de plata, en la luna, junto a una hamaca de ratón que no sabe ni tan siquiera tocarla y hay una chiquilla que le mira tocar, que se extasía con sus melodías, que volaría hasta la luna para regresarla, para regresar su guitarra que se cubre de polvo olvidada, mas … ¿Cómo lo haría?, a ella le faltan las manos, le faltan los brazos, no puede ni tan siquiera abrazar, pero es tierna y la música de trompeta le llena, y mira la luna y baila, da vueltas embutida en su baile de fiesta, cabellos largos al viento.
Entre el laberinto, las notas musicales juegan a encontrarse, a fundirse, a realzarse, entre la hierba del parque, dos amantes juegan a besarse, sobre la arena dos niños de ochenta años se marcan un chotis sin importarles que las trompetas toquen mariachis, una madre amamanta sin rubor a un futuro compositor sobre el banco del parque, dos niñas juegan a encontrarse, hay una avispa suicida muerta a los pies de un sensible sauce llorón que pena su osadía de insecto peleón, sacudiendo su hojarasca y enterrando sin plegarias en esa hora desdichada la memoria de aquel que un día en sus ramas se posó, sigue sonando una trompeta en el parque.
Un perro le ladra al ver el ratón de la luna, el ratón le hace burla, no podrá alcanzarle y toma la guitarra y se la lanza con alevosía y travesura, con intención inequívoca de escalabrarle, más la luna está alta y el tiro errado, las puntas de las alas de una cigüeña rasgan la guitarra al pasar, el músico manco la escucha, jamás olvidará el sonido de su amada, abandona su flauta, recoge la guitarra que cae desde lo alto, la estrecha contra su pecho, se embriaga con su aliento, la besa, se vuelve a enamorar de ella, la mira, remira, es magia, ya no suena una flauta en el parque, la lombriz se retira, el gato callejero baja de la tapia, los niños dejan de jugar y bailar, el ratón de la luna se enfada, la guitarra llora el abandono y poco a poco se deja acariciar, vibran cuerdas en el aire, pasión de metal, el músico manco desliza su mano sana por debajo de la cintura de la guitarra de forma zalamera, tejiendo carantoñas y arrumacos a su cuerpo barnizado de madera y ella canta, ella es mágica, ella compone y grita dulces melodías, sus cuerdas se bambolean solas, la música regresa, los tambores acompañan, hay otra trompeta, la guitarra canta baladas en la madrugada, y a su lado se sienta una chiquilla sin brazos que se deja abrazar por un manco, un ratón aplaude desde la luna que le regaña por no dejar escucharla, desde debajo de una hojarasca de sauce un corazón late, se debate entre la suavidad del dormir, pero despierta, blande sus alas, escarba y aquella avispa resucita y vuela, vuela, la gente regresa, vitorea, dice ole y olé, bailan, sueñan, se abrazan, miran ratones en la luna, dan palmas, se aman, y todo por una guitarra mágica que suena en el parque, en el parque suenan los acordes de una guitarra.